jueves, 1 de noviembre de 2007

Rosa Yagán, la última de su raza.

Soy la última de la raza de los Wolaston. Eran cinco tribus yaganas, cada una de distinta parte, pero dueñas de la misma palabra. Antes que caminara, recorrí con mi madre hasta el Cabo de Hornos, amarrada a su espalda. Ella partía conmigo cerro arriba para hacer el campamento y comer uno pájaros que vuelan sobre el mar y contestan cuando una persona les silva.

Todos me conocen como rosa porque así me bautizaron los misioneros ingleses. Pero me llamo Lakutaia le kipa. Lakuta es el nombre de un pájaro y kipa quiere decir mujer. Cada yagán lleva el nombre del lugar donde nace y mi madre me trajo al mundo en Bahía Lakuta. Así es nuestra raza, somos nombrados según la tierra que nos recibe.

No sé cuando nací. Tuvimos papeles, pero andando de un aldo para otro los perdimos.

Nuestra familia seguía saliendo a pescar y a nutriar. Mi papá tenía una canoa grande de tronco escarbado con hacha y una tabla encima para que no entrara agua. Las guaguas iban en la parte de atrás, envueltas con ropas que nos daban en la misión, en vez de los cueros de lobos o de nutrias que usaban los antiguos. El fuego estaba siempre prendido en la canoa, sobre arena y champas, y el calor se sentía de proa a popa, pero yo pasaba mucho frío. Mi mamá remaba y mandaba a bordo, pero no sabía nadar.

En tierra encontrábamos siempre un lugar donde acampar. Sólo había que tapar el esqueleto de troncos con arpilleras que nos daban en la misión, y ahí quedábamos y sentíamos un lindo calorcito que desparramaba la fogata por todo el akar.

Yo era muy pequeña, apenas caminaba. Cuando llegó mi tiempo de estudiar, ya no había escuela porque no hacía falta. Niños y chiquillos que estaban aprendiendo y también grandes, comenzaron a morir de golpe, casi al mismo tiempo como si los estuvieran envenenando.

Quien sabe si les hizo mal vivir como vivían. Ya no salían como antes porque tenían su casa en la misión. Tampoco comían cosas naturales de la vida, como los antiguos: lobo, pescado, pájaros, mariscos, porque les daban comida en la misión. Cambiaron el agua por té y café y las piedras para hacer fuego por los fósforos. Todo era más fácil: ni siquiera tenían que cuidar sus fogatas. Dejaron de andar pelados y de conseguir y comer sus propios alimentos y se enfermaron. La civilización les atacó el pulmón, el estómago, y comenzaron a morir. (…)

Adaptado de Patricia Stambuck, Rosa Yagán, el último eslabón, ed. Andrés Bello, Santiago, 1992.

1 comentario:

dianaustral dijo...

Estimado equipo,

Vi un comentario suyo en la pagina de Joubert Yantén. Ustedes verán la magnitud del problema que ha causado este muchacho con sus supuestos conocimientos en los idiomas australes y la dimensión que han tomado sus supuestos vínculos con los indígenas de la zona. Como siempre la verdad ha de subir a la superficie y se ha evidenciado un tremendo montaje que más que darnos rabia nos produce pena, mucha pena al ver a un niño apoyado por su madre han creado todo este aparataje sin nombres para obtener ganancias personales y materiales.

Necesitamos impedir que este tipo de acciones se sigan produciendo en especial cuando hablamos de pueblos indígenas que merecen todo nuestro aprecio y sobre todo todo respeto.

Saludos desde Canada

Diana